Elcaná tenía dos esposas: Ana y Peniná. La segunda tenía hijos, pero Ana no, por lo que era motivo de constantes burlas por parte de Peniná. Cada año viajaba la familia completa a Siló, donde estaba el tabernáculo, para adorar a Dios. Esta época debiese ser de mucha alegría para todos ellos, pero para Ana era difícil por el hecho de no tener hijos y verse obligada a lidiar con los comentarios de Peniná.

“Cada año Elcaná y su familia salían de su pueblo para ir al santuario de Siló. Allí adoraban al Dios todopoderoso y presentaban ofrendas en su honor”. 1 Samuel 1:3

Después del largo viaje, se sentaron todos a comer, pero Ana decidió retirarse lo más pronto posible para dirigirse al tabernáculo. Ya allí se sintió confiada de ser escuchada, pero estaba tan afligida que no pudo contener el llanto. Ana oraba intensamente, sin pronunciar las palabras, pero expresando toda la angustia que la agobiaba.

“Ana estaba tan triste que no dejaba de llorar. Por eso oró a Dios y le hizo esta promesa: «Dios todopoderoso, yo soy tu humilde servidora. Mira lo triste que estoy. Date cuenta de lo mucho que sufro; no te olvides de mí. Si me das un hijo, yo te lo entregaré para que te sirva sólo a ti todos los días de su vida. Como prueba de que te pertenece, nunca se cortará el cabello»”. 1 Samuel 1:10-11

Ana nos da un ejemplo de cómo debemos orar a Dios, hablándole con total franqueza y sin reservas, desahogándonos con Él. Después de esto, regresó a comer y dejó de estar triste. Llegó el día de volver a Ramá y tiempo después Ana resultó embarazada. Al siguiente año que la familia debía viajar de nuevo a Siló, Ana prefirió quedarse en casa cuidando a su hijo Samuel, y le dijo a Elcaná lo siguiente:

“—Cuando el niño ya pueda comer solo, yo misma lo llevaré al santuario y se lo entregaré a Dios. Allí se quedará a vivir. Elcaná le dijo: —Haz lo que te parezca mejor. Que el niño se quede contigo hasta que pueda comer solo. Y que Dios cumpla su promesa”. 1 Samuel 1:22-24

Finalmente llegó el día que Ana debía entregar a Samuel. La madre sabía que el niño estaría bien atendido en Siló, pero no dejaba de ser un momento difícil para ella. Sin embargo, ella y su esposo entregaron al niño con mucha gratitud, ofreciendo primero sacrificios en la casa de Dios.

 

¿Qué lecciones nos deja este relato?

  • Nunca debemos permitir que la mala conducta o las malas intenciones de alguien más, estorbe en nuestra adoración a Dios.
  • La fe nos permitirá entregarle a Él todas nuestras penas, anhelos y sufrimientos, confiando en que Él nos ayudará y proveerá de lo que necesitamos.
  • Debemos ser completamente abiertos y sinceros con Dios al momento de hablar con Él, y no cansarnos de pedir o de agradecer, pues al que pide se le dará.