Jonás era un profeta a quien Dios le pidió, poco tiempo después de la muerte del profeta Eliseo, que fuera a la ciudad de Nínive para anunciar la destrucción de la ciudad debido a la maldad de su pueblo.

Pero Jonás, en lugar de obedecer, trató de huir del Señor, y se fue al puerto de Jope, donde encontró un barco que estaba a punto de salir para Tarsis; entonces compró pasaje y se embarcó para ir allá. Jonás 1:3

Tarsis se encontraba en dirección contraria a Nínive. Por supuesto, al Padre no le gustó que Jonás huyera, por lo que provoca una gran tormenta que casi logra hundir el barco. Los marineros estaban muy asustados y pedían ayuda a sus dioses. Hasta que él confesó haber desobedecido a Dios. Los marineros le preguntaron qué podían hacer y él respondió:

—Pues échenme al mar, y el mar se calmará —contestó Jonás—. Yo sé bien que soy el culpable de que esta tremenda tempestad se les haya venido encima. Jonás 1:12

Luego de clamar al Señor, los marineros lo echaron al mar y éste se calmó. Mientras se hundía, un pez grande se lo tragó y permaneció en el vientre durante tres días y tres noches, hasta que oró a Dios pidiéndole ayuda, y Él hizo que el pez lo escupiera en tierra firme.

En mi angustia clamé a ti, Señor, y tú me respondiste. Desde las profundidades de la muerte
clamé a ti, y tú me oíste.
Jonás 2:2

Luego de ello, Dios envió de nuevo a Jonás a Nínive, para anunciar lo que pasaría, pero los ninivitas cambiaron de actitud y el Señor los perdonó. Él entonces se enojó, pero Dios fue claro en la compasión que tendría en esa ciudad con tantas personas arrepentidas.

La lección de esta historia la encontramos en 2 de Pedro 3:9 “No es que Dios sea lento para cumplir su promesa, como algunos piensan. Lo que pasa es que Dios tiene paciencia con ustedes, porque él no quiere que nadie muera, sino que todos vuelvan a obedecerle”.