Misericordia es, según la RAE (Real Academia Española): Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos; atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas. Ambas definiciones hablan de las miserias de los demás, las cuales simbolizan condiciones de pobreza, avaricia, desgracia o debilidad. De modo que misericordia significa compadecerse e incluso perdonar las condiciones adversas de los demás.

 

“Acerquémonos, pues, con confianza al trono de nuestro Dios amoroso, para que Él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad”. Hebreos 4:16

 

Nuestro Padre es un Dios de misericordia y gracia hasta con los peores ofensores. Quizá nos es difícil comprender este concepto, pues estamos acostumbrados al: “me las vas a pagar” o “espero que reciba su castigo”, pero Dios nos ama tanto que nos perdona constantemente y nos pide que aceptemos a Su Hijo por fe y seamos también misericordioso como Él.

 

“Jesús entonces le contestó: -Un hombre iba por el camino de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y le quitaron hasta la ropa; lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote pasaba por el mismo camino; pero al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. También un levita llegó a aquel lugar, y cuando lo vio, dio un rodeo y siguió adelante. Pero un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, al verlo, sintió compasión. Se acercó a él, le curó las heridas con aceite y vino, y le puso vendas. Luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, el samaritano sacó el equivalente al salario de dos días, se lo dio al dueño del alojamiento y le dijo: “Cuide a este hombre, y si gasta usted algo más, yo se lo pagaré cuando vuelva.” Pues bien, ¿cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? El maestro de la ley contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Pues ve y haz tú lo mismo”. Lucas 10:30-37

 

En esta parábola leemos que el samaritano se negó a ser indiferente por el viajero, más bien le mostró su misericordia y le ayudó. Este hombre tuvo compasión y le brindó su ayuda sin esperar algo a cambio. Justamente así nos encontrábamos nosotros antes de la muerte y resurrección de Jesucristo, llenos de maldad, por lo que la salvación que recibimos no fue por lo que pudimos haber hecho, sino por la misericordia que Dios tuvo con nosotros.

 

“Sean ustedes compasivos, como también su Padre es compasivo”. Lucas 6:36

 

En la versión Reina Valera 1960 se lee: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”. Como mencionamos anteriormente, Dios espera que nosotros seamos misericordiosos con nuestro prójimo, a preocuparnos unos por otros y atender a los más necesitados. No basta con desearle a nuestros hermanos que todo les vaya bien, también debemos ser movidos por la misericordia para llevar comida a los enfermos, proporcionar transporte a nuestros vecinos, etc.

 

No hay una sola persona en este mundo que no necesite de la misericordia de Dios o de alguien más. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir aquello que necesitamos, abramos nuestros corazones a Dios y pidámosle Su misericordia y compasión sobre nosotros.