La mujer sunamita tenía esposo y financieramente estaba muy bien, y aunque su sueño de ser madre nunca se había cumplido, sabía que toda bendición venía de parte de Dios. Para ella Eliseo era “un varón Santo de Dios”, por lo que consideró muy importante tener al profeta y sus enseñanzas muy cerca y decidió construirle un cuarto en su propia casa para poder hablar con él y escuchar todo lo que Dios le decía a través de él.

“Entonces la mujer le dijo a su esposo: —Mira, yo sé que este hombre que nos visita cuando pasa por el pueblo, es un profeta de Dios. Construyamos en la terraza una habitación. Pongámosle una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así el profeta podrá quedarse cada vez que venga a visitarnos”. 2 Reyes 4:9-10

Eliseo estaba muy agradecido con esta mujer y supo que el anhelo más grande de su corazón era dar fruto, así que oró a Dios y al año siguiente la mujer tenía un hijo en sus brazos. Años más tarde, el niño tuvo repentinamente unos dolores de cabeza muy fuertes y la mujer, dándose cuenta de la gravedad de esto, colocó al niño sobre la cama de Eliseo y salió a buscar al profeta.

“La madre subió al niño a la habitación del profeta y lo puso sobre la cama. Después salió, cerró la puerta, llamó a su esposo, y le dijo: —Préstame a uno de tus sirvientes, y también una burra. Necesito ir rápidamente a buscar al profeta; enseguida vuelvo”. 2 Reyes 4:21-22

La mujer sunamita fue diligente y aunque la muerte de su hijo la consideró una realidad irreversible, no se quedó a su lado esperando a ver qué pasaría con él, fue pronto a buscar ayuda. Ella reconoció que el niño era un regalo de Dios y que su muerte no era Su voluntad. Luchó por obtener una respuesta, se aferró a Dios y su corazón tenía completa fe sobre el milagro que obtendría.

“La mujer partió y fue a ver al profeta, que estaba en el monte Carmelo”. 2 Reyes 4:25

¡Qué difícil la posición en que él estaba! El niño que Dios le había prometido a la mujer a través de él estaba muerto. Pero Eliseo no perdió nunca su confianza en Dios, enfrentó la situación orando al Señor, fuente de todas las respuestas, y finalmente el niño resucitó.

“El sirviente llamó a la madre, y cuando ella llegó a donde estaba Eliseo, éste le dijo: «Aquí tienes a tu hijo». La mujer se acercó y se arrojó a los pies de Eliseo. Luego tomó a su hijo y salió de la habitación”. 2 Reyes 4:36-37

Aprendamos de la mujer sunamita que en medio de su aflicción pudo decir muchas palabras negativas por la presión del momento, pero ella hizo todo lo contrario, guardó cada palabra y buscó la ayuda del profeta y Dios. Seamos también diligentes en buscar a Dios y aferrarnos a Su mano poderosa hasta tener respuesta a nuestra oración.

Recordemos que quienes buscan a Dios nunca serán avergonzados por ningún problema que enfrenten. Nuestro Padre es un Dios de liberación y Su poder no tiene límite. Comparte con nosotros tu testimonio.